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Laura Barrera Iglio

4 diciembre, 2019

El primer día de mi vida sin ti

El primer día de mi vida sin ti, no sabía cómo sentirme, qué pensar o cuándo iba dejar de caminar de un lado a otro. Todo era incertidumbre.

Bastó con que te fueras, para darme cuenta de que me había acostumbrado a ti y a tu nube negra, me había acurrucado con el malestar… y lo estaba disfrutando. Apenas te fuiste, te extrañé porque el amor propio es un ingrato, que se acostumbra a lo que sea, sin importar el daño que nos pueda hacer.
Tengo que reconocer, que aunque yo fui quien decidió echarte de mi vida, muchas veces he querido ir a buscarte porque eras el único lugar donde me sentía comprendida. El entendimiento era lo único que me llenaba. Todo lo demás fallaba.

Ha pasado tiempo, y todavía tengo momentos de crisis en lo que quiero volver a ti, querida frustración. Porque todo era más fácil cuando nos quejábamos juntas y pataleábamos las injusticias. Pero, ha sido una relación agotadora por eso no vuelvo.
Me refugié en una amiga, cuando no podía más, porque sí, pasa que se nos acaban las fuerzas y las ganas de seguir luchando. Es allí, donde las verdaderas amistades, pelean por nosotras.

«Vuelve a ser tú», me dijo el espejo. Y mi cuerpo se estremeció.

Volver a ser yo, sonaba como un imposible, principalmente porque de tanto perderme, ya no sabía quién era. ¿Y si yo no lo sabía, quién más podía saberlo?

Así que decidí que iba a soltarte por completo para enfocarme en mí, allí me encontré. Pequeña, asustada y rota pero me encontré. O mejor dicho, me vi.

Y empezó, mi nueva vida sin ti.

Laura Barrera Iglio

7 noviembre, 2019

Caja de pandora

Déjame aquí, dentro de mi caja de pandora. Encerrada. Inmóvil. Porque si me muevo, haré real este momento. No quiero.  
 
Nos encanta adornar la realidad, tal vez para no enfrentarla. Como si al paralizarnos se hiciera menos real el dolor o la alegría. Queremos alargar los momentos felices y escapar de la tristeza… idílicamente lo queremos, evidentemente nunca lo logramos. Pero lo seguimos intentando.   Quizás porque vivir en piloto automático es más fácil, o eso nos gusta creer. Auto-engañarnos se ha vuelto parte de nuestra rutina. Inventamos excusas para todo, o de nuevo, eso nos gusta creer. Siempre hay una manera de debatir las excusas porque, generalmente, son basadas en nada. No las sostienen fundamentos más allá de la evasión. Procrastinar. Una bonita palabra para no aceptar, para escapar. Procrastinar son todas esas cosas minúsculas que hacemos casi compulsivamente para ocuparnos y pasar el tiempo. Mejor dicho, es todo lo que hacemos para no hacer la parte difícil. Sea lo que sea difícil para ti.  
 

¿Qué quieres evadir?

Evadimos relaciones, trabajos, y nos evadimos... Luchamos constantemente en contra de nosotros mismos, contra lo que a largo plazo nos haría bien. ¿Por qué?   Una vez, alguien me dijo que no quería ir a terapia porque sabía que eso sería abrir una caja de pandora. Esto me llamó poderosamente la atención, saber que algo está "mal" dentro de ti y no querer hacer absolutamente nada para mejorarlo. Le he visto estudiar por horas, trabajar por horas, ayudar a cientos de personas. Le he visto mirar por horas en las redes sociales. Le he visto no tener ni un solo instante para sí misma o para una conversación profunda. Y se queja de no tener tiempo para nada.   Sí que tienes tiempo, le dije un día. Tienes tiempo para evadir lo que sientes. Para procrastinar. Para las responsabilidades que asumen sin siquiera pensar. Pero, es agotador luchar contra ti misma cada día. Duele mucho darse con el látigo de "pobrecita yo". Es difícil ponernos como prioridad.  
 
Si tanto te afecta, ¿para qué seguir igual? ¿Para qué seguir colocando capas y capas de cosas que lo único que hacen es hundirte?    
 
Suelta las excusas. Deja de evadirte. Abre la caja. Hazte las preguntas. Y Abrázate.
 
 
  Laura Barrera Iglio

15 agosto, 2019

Hogar

En cada reencuentro me convenzo más, que hogar no es un sitio, son personas.

 

Allí donde no tienes que explicar demasiado las cosas. Donde te abrazan justo antes de que revientes a llorar. Donde las risas son sinceras. Donde siempre hay algo de qué hablar.

 

El corazón late tranquilo porque está recibiendo e irradiando amor, sin forzarlo ni planearlo. Solo hay amor. Sin preocuparnos por el qué dirán, ni mucho menos fingir. Allí, somos nosotros mismos, plenamente. Nadie nos juzga ni nos lastima. No hay dudas, solo cariño.

Es como si después de estar luchando, con la presión en los hombros y el cansancio en los pies, puedes tumbarte en el sofá cerrando los ojos. Llegar a casa es soltar el peso y, al fin, descansar.

En otros lugares también se descansa, sí, pero no se duerme igual. Cuando estas en casa, el simple hecho de sentir que formas parte de ese lugar te lleva a un estado de relajación emocional que difícilmente puedas sentir en otra parte. Nada sabe igual al desayuno de la abuela, por ejemplo. No importa cuánto mundo hayas recorrido, no hay nada como volver a conectar con tus raíces.

 

Si aún sigues pensando que hogar también puede ser un lugar, imagínate volver a la casa en la que creciste y que tu familia no esté allí… O volver al colegio pero que no haya rastro de tus amigos de la infancia.

Volver a ese lugar y que no estén las personas, no sería hogar. Sería tan solo la visita a uno de los escenarios donde fuiste feliz. El dolor aumentaría porque entonces te darías cuenta que lo único que cuenta es poder abrazar a quienes quieres.

Hogar son esos momentos que morirías por repetir. Incluso las peleas con los que ya no están. Las navidades con tu familia. Las tardes de confesiones con tus amigas que terminaban en lágrimas y luego fiestas. Hogar también son esos recuerdos.

 

Hogar es todo eso que llevas dentro, tus orígenes, tus anhelos. El hogar solo está completo cuando estás con ellos sí, pero también cuando estás contigo. Cuídate, ámate. La realidad es que tú también eres tu hogar.

 

Laura Barrera Iglio