Recordándote entre flores

Veo la casa lejana en mi memoria, puedo recordar, casi sentir como me voy alejando de ella y como los veo despedirse hasta verme desaparecer.

En mi mente sigue estando allí, de pie, como cuando me esperaban entusiasmados, como cuando me despedían con bendiciones. Veo la casa, el jardín tan cuidado y hermoso, sus frutas y mis mascotas. Les juro que lo estoy viendo todo. Incluso puedo oler sus flores.
Pero se me nubla el recuerdo con lágrimas… ya no hay mascotas, ni abuelo, ni jardín. Solo está ella, sola, viviendo sus días con nostalgia, pidiéndome que regrese cada vez que me dice que todo está bien y yo con esta impotencia de no poder visitarla. No espera ni despide a nadie.
Y me pregunto una y otra vez, ¿cómo es que es tan fuerte? ¿Cómo es que no se rinde o se quiebra? Cuánto me queda por aprender de ella, no porque sepa hacerlo todo a la perfección, porque solo ella puede retar tanto a la vida y salir victoriosa siempre, aunque le duela, porque le duele… pero le gana a la vida, al dolor, a todo. No sé cuál será la razón pero sé que si algún día quiero rendirme le debo a ella el seguir luchando.
No la veo pero la siento, a veces me da por pensar que ella sigue saliendo al patio parándose frente a la puerta a mirar al pasado a ver si en algún momento nos ve regresar. Escucho a la ambivalencia en su voz, en su saludo emocionado que se mezcla con impotencia. Siento lo mismo. Cuanta rabia hacia la distancia y cuanta cercanía entre nuestros corazones.
Venezuela creó familias, familias que están separadas, rotas, heridas, familias que trabajan sin descanso con la única esperanza de volverse a encontrar.
-Mi abuela no quiere dejar su casa, yo no quería dejarla a ella-
Laura Barrera Iglio

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