fbpx
Registro
Categoría

Palabras

5 junio, 2015

Nada se olvida, todo se ancla

Hablemos de recuerdos, de momentos, de esas cosas que nos van marcando y de lo que vamos sintiendo en el camino. Cuando intentamos recordar un hecho y no lo logramos en absoluto o al menos con claridad, nos frustramos, nos enfurecemos luego de la nada recordamos todo eso que no pudimos en el pasado ¡y alegría!, o en caso contrario aparece algún estimulo y nos recuerda algo que hubiésemos preferido no recordar jamás, ¿qué pasó? Nuestro cerebro tiene conexiones ligadas a cada situación que vivimos pero hacen falta detonadores para que esas conexiones se activen y nos lleven justo a donde queríamos, a estos detonadores la programación neurolingüística (PNL) les llama: anclas.

No recordamos por arte de magia siempre llega un ancla que consciente o inconscientemente nos lleva al lugar.

Podemos crear anclas conscientes que nos sirvan para recordar momentos determinados, la mente no tiene limitaciones y para recordar solo debes llevar a tu cerebro a recorrer el camino que le trazaste, dale un estimulo y él trabajará solo. Para que lo entiendas mejor: seguramente te ha pasado que escuchas una canción y recuerdas a una persona o un momento, en este caso tu ancla es esa canción.

Entonces la ambivalencia tiene protagonismo absoluto en nuestra memoria, generalmente recordamos cosas que nos han hecho muy felices o muy desdichados pero hay otra parte, una oculta y preocupante: los recuerdos reprimidos, donde se forman traumas, fobias, sentimientos de culpa y tantas cosas, todo esto sucede por no saber manejar la ambivalencia, nos dejamos llevar por los sentimientos y los encerramos si son ‘malos’, luego nuestra mente no entiende lo que pasa y se crean infinidad de conflictos, entramos en un “sí y no” infinito (profundizaremos luego).

-La ambivalencia sirve como timón de las anclas que decidimos tener-

Si miras hacia atrás te encontraras con toda clase te recuerdos, esas lagrimas en la madrugada, esos abrazos que parecían infinitos, las palabras, su sonrisa, personas que ya no están y hasta los regaños de tus padres para que no corrieras por la casa, lograrás recordar algunas cosas, otras estarán más profundas pero depende de ti, cada momento de tu vida se graba, a mí me gusta pensar que tenemos diferentes carpetas donde clasificamos los momentos y los archivamos. Algo que voy a asegurarte: jamás podremos controlar los sentimientos pero sí elegir flotar sobre ellos y racionalizarlos para tomar las mejores decisiones.

Laura Barrera Iglio

 

 

2 junio, 2015

Y te sientes libre, sin culpa por no arreglar la cama

La lucha con la reina comienza desde muy temprano, arregla tu cuarto, lava los platos, aprende a cocinar y tantas cosas más argumentándolo solo con un “no te voy a durar toda la vida” pero ¿saben qué? Sorpresa: ella una vez más tiene razón.

Vivimos una rivalidad que termina cuando “tenemos nuestra propia casa”, “nuestra propia vida” y justo en ese momento comenzamos a arreglar nuestras cosas exactamente como ella lo pedía, lo importante aquí es que ya no lo pide, ahora lo quieres tú. Ya comienzas a entender lo desesperante que resulta que no laven los platos o desordenen más de la cuenta y te pones nostálgica reviviendo situaciones y buscándole la solución a algo que ya pasó, la reina está feliz de verte crecer pero más feliz porque sin decirlo sabe que ahora la entiendes, que llevar una casa no era tan fácil como lo veías y que si no hubiera sido por ella no sabrías ni cómo empezar.

-Como todo lo desesperante tiene su lado divino ahora tú eres la reina-

Las niñas ven a su madre como reina porque las admiran pero también la ven como rival porque tienen el amor de papá (todo esto de forma inconsciente), desde muy pequeñas comenzamos a despertar nuestra ambivalencia hacia nuestra madre, sea cual sea el tiempo que la vida no las preste es el mayor pilar para formar la personalidad de una mujer (esto lo hablaremos en otro post), a nuestra madre la amamos, en ocasiones no la soportamos pero de lo que si estamos seguras(os) es que quisiéramos que fuese eterna.

Laura Barrera Iglio

30 mayo, 2015

Yo no quería reír mejor, quería reír contigo

Cuantas historias de amor que quedaron a medias desearías revivir o al menos saber “que hubiese pasado si”, cuantas cosas te quedaron en la mente y te encantaría decirlas así ya no sea el momento; toda esa molestia interna también es un alivio que quieras o no, te hace sentir segura, el momento exacto en el que decidiste alejarte realmente de esa persona tóxica, no haberle dicho todas las cosas en la cara e ignorar las llamadas fue lo que te llevó a otra dirección, saliste del circulo vicioso.

Se lee fácil: romper y comenzar de nuevo, estas palabras no explican todas las veces que volviste y prometiste que no lo harías, todos los mensajes que definitivamente estuvieron demás y las eternas noches sin poder dormir pensando que todo fue tu culpa, sientes tristeza, impotencia, miedo de ese “nunca más” que tanto le dijiste y luego llega nuestro mejor amigo: el tiempo, sana las heridas, te aconseja, te hace cometer más errores con nuevas personas hasta que nuevamente te siente fuerte, alegre y lista para seguir adelante.

Ahora que te sientes bien vuelves a cambiar la perspectiva, ya no te resulta tan malo y empiezas a reconocer tu errores, quizás le dices alguna de las cosas que le querías decir en el pasado pero ya el dolor pasó y aunque te debilitas un poco levantas la mirada porque dos personas que se hicieron tanto daño no pueden estar juntas, cuando llegas a esa conclusión vuelves a sonreír, en esta ambivalencia infinita un día de la nada llega una persona y terminas de cerrar ese libro para comenzar uno nuevo.

– Lo importante es reír contigo misma para luego compartir cada sonrisa-

Es una historia simple que todos vivimos, con diferentes matices, pero con los mismos sentimientos que van y viene, eso es ambivalencia pero cuando la conoces bien y la identificas en cada situación puedes flotar por encima de ella, convirtiéndola en una balanza. Si puedes analizar dejando a un lado al corazón seguro vas a ahorrarte muchos malos ratos.

Laura Barrera Iglio