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Palabras

25 febrero, 2019

La promesa

Quería hablarles sobre la historia de amor más bonita del mundo pero no puedo, no puedo porque no existe, o más bien existe y todas la hemos vivido pero por una razón u otra ha acabado.

La historia más bonita la tenemos guardada en el fondo de la memoria como una herida que no dejamos cicatrizar, un sabor agridulce por haberla vivido y porque terminó… o terminará. La tenemos guardada con mucho cuidado y recelo, la contemplamos a escondidas y suspiramos al revivir aquellos sentimientos.

La historia en algún punto deja de doler y aprendemos a vivir con un anhelo que no lastima, si no que más bien nos acompaña. Y nos volvemos a enamorar, y construimos otra historia, un futuro totalmente diferente al que soñábamos pero con el recordatorio latente de lo que pudo ser y no fue. Tal vez ese sea el gran mal de las mujeres, la incapacidad de olvidar.

En momentos de ira con el presente pataleamos queriendo volver a nuestra historia bonita… de la cual no queda nada, y no solo no queda nada, es que en realidad no fue tan bonita, tan solo una ilusión que vive en nuestra mente.

La historia no existe, la hemos creado, él no está del otro lado del océano contemplando en la luna nuestro recuerdo, no sueña con el pasado en un futuro, no suspira ni abraza las almohadas imaginando nuestro olor. Aunque queramos creer que sí, él nunca nos amó con la misma intensidad. Y aunque probablemente hayamos sido lo más bonito de su historia los hombres si olvidan, tal vez ese sea su mal.

La historia de amor más bonita del mundo no existió… porque tú y yo al final de los finales, cobardemente, preferimos olvidar.

Aunque yo no olvide, al menos tú si cumpliste la promesa.

 

Laura Barrera Iglio

29 enero, 2019

Habitación propia

Hay cosas recurrentes que parecen comunes y eso es lo peligroso de la rutina, que nos roba la alerta y la profundidad. Mujeres, que el mundo se entere que incluso en nuestra rutina somos grandiosas, que sepan que cuando nos rompemos solo nos damos la oportunidad de reinventarnos.

 

Es como si al entrar nos transformáramos, como si nos quitáramos todo el peso de encima y no solo el sujetador. En el momento exacto en el que entramos en nuestra habitación nos convertimos en lo que realmente somos, en mujeres reales que no dan importancia a los estereotipos, etiquetas ni a las opiniones.

Somos lo que queremos ser, con o sin compañía, nos da igual… y es que si a alguien dejamos entrar a nuestro espacio sagrado es porque estamos listas para mostrarnos sin restricciones. Allí no hay maquillaje ni dietas estrictas ni sexo fingido, lloramos libres y reímos a carcajadas; no queremos quedar bien con nadie más que con nosotras mismas.

Y aunque cada día somos más auténticas, más fuertes y más unidas, creo que ninguna mujer busca realmente perder el contraste de mostrar al mundo su grandeza y de mostrarse vulnerable frente al espejo de la habitación.

Necesitamos ese lugar de introspección, de sanación, ese lugar donde de vez en cuando nos permitimos ser débiles, frágiles, llenas de miedos, de incertidumbre; necesitamos ese lugar donde rendirnos y patalear porque esa también es una forma de recargar fuerzas para seguir siendo invencibles.

Una habitación donde ponernos de nuevo el sujetador, frente al espejo y con la cabeza en alto para salir a darlo todo con el objetivo claro: que se escuche nuestra voz.

 

Laura Barrera Iglio

1 noviembre, 2018

La tierra del sol amada

Regresaría, claro que regresaría. Es la frase que no le digo a nadie pero que pienso cada día, sobre todo en esta época del año en la que el frío me hace ver todo gris. Este clima es el castigo por haberla dejado… y aunque es muy bonito el otoño, yo lo daría todo por el jardín de mi abuela que sin cambios de estación estaba siempre florecido.

Nadie entiende lo que sentimos al no escuchar gaitas en la radio desde octubre hasta enero… al estar esparcidos por el mundo sin quererlo. Solo quién ha dejado al amor de su vida puede entender el vacío que se siente.

Pero tenemos al rayo del Catatumbo tatuado en el alma, tal vez sea su luz la que hace que sigamos riéndonos de la vida aunque al mismo tiempo nos llore el corazón. Sí, creo que su luz nos sigue guiando, como guiaba a los marinos de antaño. Aunque no podamos verla sigue apareciendo con la misma fuerza como diciéndonos que tampoco se rinde.

Maracaibo es inefable, no pudiera nunca describirla porque al pensar en ella la única palabra que se me viene a la mente es hogar. Es familia, amigos, fiestas y otras costumbres, son recuerdos, amores y viejas canciones. Es caliente todo el año, como el abrazo de una madre cuando las cosas no van bien. Es gente alegre con la piel tostada, donde a un desconocido le llamas primo y luego de un par chistes ya lo quieres como hermano. Maracaibo es como tener un tercer apellido y llevarlo con orgullo. Es amarla y no poderla olvidar.

Y aunque he visitado lugares increíbles que siempre quise conocer, en ninguno de esos sitios se han quedado clavadas, como en Maracaibo, mis ganas de volver.

Pudiera decir que me separaron de ella pero la verdad es que yo la dejé, no quise quedarme a ver como se destruía. Claro que luché, luchamos, pero a veces el mal puede más… así que me fui, con la mirada nublada de lágrimas pero me fui, con la convicción de que prefería recordarla así. La dejé cuando más me necesitaba pero ella me pedía que me fuera, me decía que ella no moriría mientras la recordara. Y aquí estoy como cada día, sonriendo y llorando mientras le cuento al mundo lo feliz que fui bajo su sol. El sol es de ella, es la tierra del sol amada, él no pudo dejarla.

También pude haberme quedado pero entonces la seguiría extrañando porque ya no queda nadie, porque ya no queda nada de aquellos recuerdos. Tan solo un país a punto de morir y millones de venezolanos con el luto anticipado deseándole la muerte porque tal vez, solo tal vez, si muere, su final sea un nuevo comienzo, un nuevo comienzo donde todos podamos regresar a reconstruir un país a punta de recuerdos.

 

Laura Barrera Iglio